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PANORÁMICA:
Gastronomía
Es frecuente oír decir a quien ha regresado de
un viaje por la cornisa cantábrica: "qué bien
se come en el norte!"; y la ponderación generalmente
supone dos cosas, que lo que se come es sabroso y que la cantidad
es siempre abundante. Pero la afirmación es tanto más
verdadera cuanto más se acerca a la cocina tradicional.
Aunque a lo largo
de los recorridos por la provincia ya se ha intentado advertir sobre
cuáles son las especialidades gastronómicas de cada
zona, haremos aquí una recapitulación general. Para
ir ordenadamente, lo mejor es establecer seis apartados: guisos,
pescados, carnes, quesos, dulces y bebidas.
Entre los guisos, aunque el cocido montañés
es sin duda el más popular, quizá se pueda establecer
una diferencia entre los guisos marineros y los del interior. El
cocido es el guiso del interior y sus principales componentes son
la alubia y la berza, adornadas con carne de cerdo y morcilla de
arroz; el componente vegetal puede tomarse como primer plato y los
adornos como segundo; el consejo no es banal, pues un cocido montañés
es mucho plato como para precisar algo más que el postre.
Otro tanto cabe decir del cocido lebaniego, en el que la base de
alubias se cambia por la de garbanzos.
En cuanto a los guisos marineros, el más
conocido es el que se hace a base de bonito, patatas, cebolla, pimiento
y tomate, pudiendo llevar además guindilla, pimienta y vino
blanco. Este plato, que es común a casi toda la zona costera,
recibe diferentes nombres, siendo los más frecuentes el de
sorropotún (en San Vicente de la Barquera) y marmite (en
Santoña y Laredo).
Otros guisos marineros
que merecen ser citados son la merluza en salsa verde, los calamares
encebollados o en su tinta, los bocartes y las almejas a la cazuela.
En el capítulo de los pescados la variedad es enorme porque
el Cantábrico puede no ofrecer cantidad, pero sí calidad
y variedad. Las modalidades, cuando no se trata de guisos son limitadas,
a la plancha, o rebozado y frito; y las mejores especies, la merluza,
el rodaballo, el bocarte, la sardina, el bonito, el congrio y esas
que genéricamente se denominan pescados de roca que, con
frecuencia, son el fruto de la pesca con caña desde la orilla
o de la pesca submarina.
Algunas advertencias:
aquí a los calamares fritos se les llama rabas; en Santoña
se pueden comprar y comer las mejores anchoas de España;
las sardinas asadas son una buena merienda-cena en muchos puertos
de pescadores; y conviene saber que para degustar algunos de los
mejores frutos del mar a veces no es necesario más lujo que
una sencilla mesa de madera, que posiblemente hasta cojee, cubierta
con un modesto mantel de papel.
Por lo que respecta a los mariscos no
hay ni abundancia ni demasiada variedad, pero en cambio las agitadas
aguas del Cantábrico los ofrecen exquisitos de sabor. Los
mejores: centollos, langostas, bogavantes, percebes. almejas (finísimas)
y nécoras.
Los ríos y
las rías ofrecen buenas truchas, algunos salmones y las deliciosas
angulas. Las truchas las ponen bien en muchos sitios, el salmón
ya no tanto, y con la angula el único cuidado que hay que
tener es el del precio.
En el apartado de
carnes, nos centraremos en aquéllas que puedan tener algo
de peculiaridad regional. Si se puede no se debe dejar pasar la
oportunidad de probar la sabrosísima carne de vaca tudanca,
posiblemente lo mejor de la región. Como notas exóticas
se recomienda el venado, el corzo y, para los más atrevidos,
el jabalí; dichas especies se encuentran sobre todo en el
valle de Cabuérniga y en Liébana. Si se tiene acceso
al cerdo de la matanza casera no hay que negarse ni olvidar, para
entenderse, que a este animal lo llaman en muchas zonas de Cantabria
simplemente El cabrito y el cordero se encuentran con
más facilidad y calidad en Liébana y en Campoo.
En el capítulo
de los quesos empezaremos por aquellos que disponen de su correspondiente
denominación de origen. Queso de Cantabria: se produce en
varios lugares a partir de leche de vaca y es suave y mantecoso;
aquí lo llaman queso de nata. Queso genérico de Liébana:
son quesos lebaniegos que se elaboran a partir de leche de oveja,
vaca y cabra; hay tres variedades: Picón (el mejor es el
de Tresviso), Ahumado (de Aliva) y el Quesuco (de Lebeña,
por ejemplo). Los tres son quesos fuertes de sabor y de cuidado
proceso de curación. Y sin denominación de origen,
conviene probar el queso pasiego fresco que se elabora con leche
de vaca en la zona de Pas.
Le llega ahora el turno a los dulces y,
naturalmente, hay que empezar por el sobao y la quesada. Cualquiera
de ellos es delicioso y ambos son productos típicos del valle
del Pas. Menos genuinamente cántabros son el arroz con leche,
las natillas y la leche frita, pero hay muchos lugares donde estos
postres son el complemento ideal de un buen cocido. Cantabria es
tierra aficionada a la pastelería y en ella hay que destacar
los hojaldres que adoptan distintas formas: pantortillas en Reinosa,
corbatas en Unquera o sacristanes en Liérganes. Santander
tiene magníficas pastelerías, pero seguramente las
mejores de la provincia están en Torrelavega; su especialidad
son las polkas, pero se recomienda probar un poco de todo.
Y, por fin, la bebida
o, si se prefiere, el orujo de Potes, que es la única que
puede considerarse genuina de la región, pues ese vino que
llaman tostadillo y que también es lebaniego no hay quien
lo encuentre. El orujo es un aguardiente que hasta hace unos años
se destilaba artesanalmente con alquitaras de cobre; tras la correspondiente
prohibición, el orujo de Potes pasó a elaborarse industrialmente
con todas ias garantías que la legislación europea
exige y, de ese modo, el orujo de producción artesana triplicó
su precio. Quiere decir esto que, aunque las alquitaras caseras
están prohibidas, sigue habiéndolas. Aunque los entendidos
dicen que es mejor el casero, el industrial es de buena calidad;
en esto de las bebidas ya se sabe que siempre ha habido muchos mitos.
Y, hablando de mitos, del orujo se dice que los dos sistemas que
indican su bondad son el rosario y el aroma; el rosario es una cadena
de burbujas que debe quedar flotando cuando se agita la botella,
y lo del aroma se comprueba como si de perfume se tratara, teniendo
en cuenta que, una vez evaporado, debe oler a pepita de uva no a
alcohol.
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