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PANORÁMICA:
Clima, flora y fauna
La mayor parte de las tierras
de Cantabria están bajo la influencia de un clima oceánico
o atlántico, cuyas dos principales características
son la de disponer de un régimen de temperaturas suaves y
templadas, con una limitada oscilación térmica, y
la abundancia de lluvias repartidas a lo largo de todo el año,
con máximos en invierno.
De este modo, en Santander
la temperatura media del mes más frío (febrero) está
en torno a los 9 grados centígrados; la temperatura media
del mes más cálido (agosto) se suele aproximar a los
20 grados centígrados y las precipitaciones totales anuales
superan los 1.100 mm.
Partiendo de estos
datos, que con ligeras variaciones podrían aplicarse a toda
la franja litoral, cabe señalar que, a medida que se avanza
hacia el interior, las temperaturas resultan más contrastadas,
con inviernos algo más fríos y veranos ligeramente
más calurosos. Al alejarse de la costa también aumenta
la pluviosidad, salvo en la zona de Liébana, en torno a Potes,
donde se produce un microclima de montaña con tan sólo
700 mm de precipitaciones anuales.
A todo esto debe añadirse que en
las zonas más altas los inviernos son largos y las nevadas
frecuentes, con lo que es posible hablar de áreas cuyos rasgos
climáticos se aproximan mucho a los denominados climas de
montaña.
El clima húmedo
y templado de las tierras de Cantabria favorece la existencia de
una abundante vegetación arbórea y de praderías
naturales que son, sin duda, las formas más características
de la flora de la región. Las especies de árboles
más frecuentes son las propias del bosque atlántico
caducifolio: robles, hayas, castaños, tilos, olmos, fresnos,
avellanos o arces. Este tipo de vegetación se degrada a medida
que aumenta la altitud, transformándose en matorral o en
monte bajo.
Las praderías
naturales tienen una distribución irregular pues, aunque
es cierto que predominan en el área costera, también
se encuentran a lo largo de todos los valles, e incluso en las zonas
altas de la cordillera, en los llamados pastos de altura o pastos
de puerto. A estas formas de vegetación autóctona
deben añadirse dos especies de repoblación, el eucalipto
y el pino, que, sin negar su valor económico, han desplazado
en muchas zonas a la vegetación propia de la región,
deteriorando el equilibrio ecológico y, desde luego, eliminando
biotopos propios de muchas especies animales e incluso de vegetación
de sotobosque.
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